lunes, 25 de octubre de 2010

29 - Un regalo especial

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Cuadro pintado por R. Villafañe, regalo de los amigos al cumplir 85 años
(El frente de la Peluquería de la Estación Arenales)
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Rodolfo Alvarez Ríos (Lulo), orgulloso con el regalo recibido
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Rodolfo Alvarez Ríos frente a la peluquería de la Estación, imagen en que se inspiró el pintor R. Villafañe para su cuadro.
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28- El farol

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Farol con que iluminaba la peluquería en Estación Arenales - 1935
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El farol se encuentra en la actual peluquería El Trébol de Junín
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viernes, 15 de octubre de 2010

27 - Panaderías

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De la siembra de palabras sobre la Estación trataré de reflotar una mención sobre Don Antonio Proenza -mi suegro-, inmigrante portugués, hombre muy recto, trabajador, honesto y muy confiado en la venta de pan, fiando a libreta cuando el cliente tenía problemas de fondos. Cosechó así, claro, algunas cuentas incobrables, lo que no quebró su conducta de confiar en su clientela. Muy abierto a la comunidad colaborando como Directivo del Club Sportivo y la Cooperadora de la Escuela Nº 2.

En su Panadería conocí como maestro de "pala" a Juan Acuña, -ahora con hotel en Arenales- que se casó con Rosa Bellome y vivía en la casa donde estaba la Peluquería de Martín Barrocal, lugar donde yo era aprendiz de peluquero.

También trabajaban el Chocho Brignoli, Lorenzo Barrocal que repartía la mercadería en el campo, más tarde ese reparto lo hizo mi cuñado Osmar en una "jardinera" y el hermano Gerónimo alias "El Pibe" repartía en el pueblo de Arenales en una jardinera techada, en esa tarea rutinaria de todos los días subiendo y bajando del estribo del transporte, casa a casa, con la canasta cubierta de pan, galleta y facturas con una sonrisa y siempre con un trato amable con los clientes.

María Deloste de Proenza
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Excepto Doña María, toda la familia trabajó en la panadería. Los varones diariamente en la "cuadra", en la amasadora, luego estirando la masa en la soladora, la mesa donde se corta el pan, colocándolos en tablones, los llevaban luegoa pieza a descansar la masa que más tarde pasaba al horno y de allí era volcada en los canastos, a "puerta de horno", hacia sus distintos destinos, reparto al campo, a la ciudad y atención del mostrador. En esta útlima tarea estaba la "Piba","Chichí", "Nelba" y "Nenucha", quienes se turnaban en la atención.

Así era la Panadería de Don Antonio, el encargado de fabricar en el pueblo lo primero que se pone a la mesa a la hora de alimentarse, el pan; quien generosamente solía dar "la yapa", una torta negra a los clientes.

De chico con el pan yo tenía una contradicción ya que de casa me mandaban a buscar el pan "fresco" y en la panadería me lo daban "calentito", creyendo yo que por fresco debía estar frío!



Antonio Proenza y María Deloste de Proenza
Foto de casamiento
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PANADERÍA MUTUVERRÍA


También hubo otra panadería en la Estación, fue de Mutuverría hermanos, que un ciclón o tornado la derrumbó en 1912. Luego estos hermanos fueron a instalar un Almacén y Despacho de Bebidas en el paso a nivel del camino a Gral. Arenales.
Esos cascos que yo traté cuando eran de edad avanzada tenían el negocio de gran mercadería y entre los estantes se exhibía yerba, azúcar, arroz, etc. Colgando de los tirantes del techo se podían ver monturas, palas, baldes, sogas, alambres que representaban un pequeño "Ramos Generales".

En el despacho de bebidas se reunían colonos de paso al pueblo de Arenales, que en su negocio se daban largas conversaciones donde el tema central era el tiempo y las cosechas, recostados junto al mostrador de estaño, donde se alineaban las copas.
Recuerdo a Don José detrás del mostrador, de paso lento, conversador, cabello y bigotes blancos, siempre una anécdota y una sonrisa y a Don Miguel, de baja estatura, de lento desplazamiento, cargado de kilos en su cuerpo grueso, él era el encargado de las compras.
Como anécdota un día salió a buscar mercadería a la Estación de Ferrocarril La Pinta, a 15 Kms aproximadamente, en su charret con dos caballos percherones de tiro y en un cajoncillo llevaba queso, lata de sardinas, fiambre, pan, cerveza, toda una vianda para el viaje. De regreso a la tarde llegó crgado el charret con bolsas de azúcar, harina, sal, cajón de fideos, cilindro de yerba, bordales de vino y mercaderías varias y... el cajoncito vacío, se había comido todo, qué tal?

Don Ambrosio era el que trabajaba unas cuatro hectáreas de tierra donde pastoreaban la vaca lechera y los caballos y sembraba el maíz para las aves y los cerdos, atendía la quinta de las verduras, era de físico delgado y me solía contar de su estadía en Cuba, cuando siendo muy joven lo envió España que ocupaba la isla.

En los quehaceres de la casa, la cocina y las aves, Doña Josefa, una vasca hecha toda bondad, apoyada por Francisca "Panchita", una dulzura de muchacha, de un trato amabilísimo, y el hijo, José "Gordo", muchacho tímido, bonachón, que arreglaba las radios alimentadas con acumuladores y atendía simultáneamente su trabajo y el negocio; era muy inteligente y por su entusiasmo con el fútbol fundó en 1937 el Club Jorge Newbery en la cancha frente al negocio.
En ese predio se armaba una carpa de arpìllera y se organizaban bailes populares, lo que duró unos cinco años. El "Gordo" era de contextura física fuerte, pero periódicamente sufría fuertes ataques de epilepcia, lo que fue minando su físico. Quedó al frente del negocio en sociedad con su cuñado Andrés Aguinalde, esposo de "Panchita", cuando murieron sus mayores.

Como anécdota, en el año 1971, el día 9 de diciembre se incendió el negocio y la casa de familia, quemándose totalmente. Para combatirlo, sin herramientas adecuadas, sólo con baldes, trabajaron los vecinos y gente que se trasladó de General Arenales. De esa lucha infructuosa con el fuego salió la inquietud de contar con un Cuerpo de Bomberos Voluntarios, lo que se cristalizó en el actual cuerpo que vino a llenar una gran necesidad para la zona y que desde su creación participó en innumerables siniestros.

En lo que respecta al negocio y casa de familia, se volvió a poner en marcha con la solidaridad de los clientes, amigos y casas mayoristas y funcionó hasta la muerte de todos ellos, terminó en lo que es actualmente, una tapera abandonada.

Valgan estas líneas como homenaje a una familia que supo vivir en la Estación Arenales y siguió siempore, separada de ella por poca distancia. Esta familia de noble raza vasca, tan prodigiosa en afecto, de una franquiza, solidaridad y honestidad sin reserva y que desgraciadamente no dejó heredero directo alguno en la posta de la vida. Con esta mención va mi humilde y emotivo homenaje en nombre de la Estación.

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26 - Almacenes con despacho de bebidas

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El primero que conocí fue el que tuvo mi finado padre, José S. Alvarez, en sociedad con Natalio Crocco.
Ocupaba un gran edificio donde después se instaló el Club Sportivo. Ese negocio explotaba el acopio de cereal, la venta de maquinarias agrícolas y la venta de mercadería comestible. Posteriormente, con la crisis mundial de 1929, dejó de operar.
También estaba la Magallanes, Perez y Cía., que por el mismo motivo cerró.
Más tarde abrió Casa Magallanes con venta de comestibles y tenía un surtidos de nagta Shell.

También estaba Casa Garrido que era un negocio de mercadería general, muy surtido, que después se trasladó a Gral. Arenales, la Casa Cerealera de Aimar Balbi en una oportunidad, y por poco tiempo, anexó Almacenes de Comestibles; y también Vicente Timoner con Almacén de Comestibles.

También estaba Eduardo Brassara con un pequeño Almacén de Comestibles con despacho de bebidas y tenía anexadas unas mesas para el juego de naipes. Luego Brassare le vendió el negocio a Miguel Navarro, quien a los pocos años se lo vende a Cirilo Coronel ya como Despacho de Bebidas y mesas de juego de naipes. Posteriormente Coronel se traslada a Gral. Arenales y le vende a Marcelo Colombo, un ferroviario que, al ser trasladado, se lo vende a Antonio Caprioli.
Todo esto ocurre mientras yo estaba en la Estación, fue el negocio que pasó por mayor cantidad de propietarios.



Mi padre- José Severo Alvarez (20 años)
17 jul. 1899 - 4 feb 1930


Estos almacenes que menciono con la vieja balanza de dos platos y un cajoncito perforado donde se colocaban las pesas de distinta medida, de mayor a menor, donde la mercadería se vendía suelta, muy poca era envasada como hoy en día y era frecuente ver el paquete hecho en papeñ blanco marca "Straza", donde el dependiente envolvía la mercadería con mucha práctica y donde el paquete, cualquiera fuera el tamaño, quedaba en forma de "empanada".

La venta con libreta era en esos lugares la única forma en que los clientes llegaran a fin de mes y los que trabajaban en la recolección de las cosechas se estiraban varios meses. Aún así se acostumbraba dar la "yapa" a los chicos -unas masitas con forma de animalitos.
En esos Almacenes con despacho de bebidas confraternizaban los colonos mientras realizaban sus compras y al atardecer caían los vecinos que regresaban del trabajoy se pegaban una vuelta para, con un vino o un vermouth por medio, confraternizar hasta la hora de la cena.

Hoy hilando recuerdos en el fondo de mi memoria oigo conversaciones de los pobladores que se reunían en los negocios, donde era frecuente ver los caballos atados a los postes o plantas de la vereda, moviendo el cabresto inquietos por las moscas entrre las varas del sulky y haciendo sonar la coscoja con la lengua los de montar, mientras sus dueños, sin apuro, despuntaban el vicio de las barajas y las copas.

También por un corto período funcionó una sucursal de la tienda "Blanco y Negro"; un mercado de González "Zubieta"; otro de Juan Navarro; una confitería de un yugoslavo de apodo "TOmasito", con mesa de billar y en la que era frecuente la legada de artistas ambulantes con piezas teatrales, guitarristas y cantores que dedicaban sus interpretaciones a los parroquianos que retribuían con algún dinero al "paso de la gorra". Esos artistas de esa forma hacían sus primeros pasos en el arte y quizás algunos de ellos llegaron a consagrarse en las primeras radios del país.

Mi Estación en su mocedad supo de la policromía de color que ponía en sus calles el diario vivir de sus habitantes, la tertulia de los vecinos así como también las veladas en los bares (llamados "boliches"), en los que se frecuentaban las tradicionales tendidas de trucho, mus, etc.
Y como no podía ser de otra manera también estaban los que solamente eran asiduos al mostrador, apoyándose en el "estaño", donde en un extremo en un cestante de hojalata apoyaban los vasos boca abajo y debajo del mostrador un balde de agua para enjuagarlos.

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